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OCTAVIO PAZ Y LOS PARTIDOS

Jesús Silva-Herzog Márquez ®

 

En diciembre de 1977, en entrevista con Julio Scherer, Octavio Paz se hacía la pregunta que no se hacían los politólogos: "¿por qué no hay partidos políticos en México?" De esa ausencia nacía la reforma de Reyes Heroles, un intento por inventarlos. Una y otra vez el poeta volvería al tema de los partidos políticos mexicanos. Sabía que de ellos dependía la suerte política de México, entendía que la democracia no podría implantarse sólidamente en el país mientras no se formaran partidos serios, nutridos de ideas y dispuestos a la deliberación constructiva. Hoy lo podemos corroborar: la miseria de nuestros partidos es la miseria de nuestra democracia.

Paz no fue, por supuesto, un escritor político. Fue un poeta. Nunca pretendió construir una teoría de la justicia o un tratado de la democracia. Prefiero hablar de Marcel Duchamp que de John Locke, dijo en alguna ocasión. Pero no rehuyó a la política. La defensa de la poesía, su verdadero amor, suponía una defensa de la libertad, es decir, una postura frente a las amenazas del Estado. De ahí su frecuente visita a los territorios de la soberanía: el despotismo totalitario, la tradición liberal, el fenómeno de la burocracia, los vicios del mercado, la búsqueda de la fraternidad. La riqueza de las reflexiones políticas del poeta puede constatarse en el primer volumen que se dedica a compendiar su pensamiento político. Se trata de Sueño en libertad, una buena antología preparada cuidadosamente por el académico canadiense Yvon Grenier que ha sido publicada recientemente por Seix Barral.

Yvon Grenier describe a Octavio Paz como un liberal romántico. Liberal porque defendió la autonomía de la persona, se opuso a los despotismos, buscó un poder controlado. Romántico porque no creía en el progreso, porque fue ajeno al individualismo materialista, porque temía al mercado, al que describió como pesadilla circular. En donde no fue romántico fue en su concepción de los partidos políticos y en su idea de la mecánica del régimen democrático. No creyó en una democracia romántica: silvestre, exuberante y natural. Una democracia espontánea que se crea siempre a sí misma y que tiene como motor único la voluntad omnipotente del Pueblo. Paz estuvo muy lejos de la moda del socialcivilismo. Distante de estas idolatrías, Paz entendió las exigencias ingenieriles del artefacto democrático. Para que el aparato funcione debe asegurarse el principio de ciudadanía, deben cumplirse las reglas que controlan y esparcen el poder y debe asegurarse una atmósfera de diálogo y tolerancia. Modesta a fin de cuentas, la concepción paciana de la democracia: "no es un absoluto ni un proyecto sobre el futuro: es un método de convivencia civilizada. No se propone cambiarnos ni llevarnos a ninguna parte; pide que cada uno sea capaz de convivir con su vecino, que la minoría acepte la voluntad de la mayoría, que la mayoría respete a la minoría y que todos preserven y defiendan los derechos de los individuos".

¿Cómo veía Paz a nuestros partidos? Primero hablemos de su visión del PRI. La cuestión del PRI fue para él una preocupación permanente. El instituto revolucionario fue el fenómeno político del siglo XX mexicano y era fácil caer en la tentación de dibujarlo como gemelo de los partidos comunistas. Pero era un bicho muy distinto. Fue producto de una crisis, no de un cálculo. Hijo de sus circunstancias, tuvo como tarea inicial apaciguar a una nación en guerra, resolver una emergencia. Dos cosas llaman la atención de Paz: el vasallaje del partido "todopoderoso" y su pragmatismo. En todo su reinado, el PRI no aportó una sola idea. Todas las iniciativas venían de arriba, más bien de fuera: de la Presidencia. En Posdata exclama: "¡Ninguna idea y ningún programa en los cuarenta años que lleva de vida!" El partido es un organismo burocrático cuya misión es la dominación política por vía de la manipulación de los grupos populares. Es así, un aparato subordinado a los intereses y los cálculos del Ejecutivo. En el PRI radicaba el primer círculo de la veneración presidencial. De ahí que las cámaras del Congreso sean "dos cuerpos parlanchines y aduladores". El PRI fue un coro de alabanzas. Pero no fue una iglesia. El partido del gobierno se amoldaba a los humores presidenciales, no tuvo nunca un texto sagrado para las excomuniones. "Eso nos ha salvado del terror de un Estado burocrático e inquisidor, como en los países comunistas". Cierto. También es cierto que hoy, fuera del poder, ese pragmatismo que evitó el dogmatismo, hace del PRI una piel sin cuerpo. En algún momento pensó que México podría democratizarse con una democratización del PRI. Pronto se dio cuenta de que eso era imposible: la democratización suponía, no la extinción del PRI, pero sí su transformación en un partido auténtico: un trozo del país político que compite por el poder político en igualdad de condiciones.

Nunca le gustó el PAN. Lo respetaba como un partido que había sido capaz de ser autocrítico, pero afirmaba siempre sus distancias con los panistas. Recordaba con mucha frecuencia sus inicios como una formación reaccionaria que defendió el franquismo. "El primer grupo dirigente del PAN era muy brillante pero demasiado ligado al pensamiento conservador europeo", escribe en "Hora cumplida". Exageraba, por supuesto, cuando lo describía como descendiente de Joseph de Maistre, el feroz reaccionario savoyano. Pero no estaba lejos de la verdad cuando detectaba los extendidos vacíos intelectuales de este partido "provinciano". Según Paz, al PAN, como partido de la derecha, no le interesaban las ideas y los debates le producían dolor de cabeza. Sus credenciales democráticas son intachables, está ganando votos, pero no ha modernizado su programa. No tiene ideas sobre el manejo de la economía, su propuesta social es frívola, su visión del problema demográfico es ultraconservadora. Necesitamos un partido conservador que renueve la tradición fundada por Lucas Alamán, decía. El problema era que el PAN no se había puesto al día. Constatar el desprecio que por la cultura y la cuestión social tienen los panistas a partir de las decisiones y nombramientos del gobierno foxista sirve para recordar las advertencias de Paz.

Mucha menor simpatía sintió por el PRD. Vio su nacimiento como el producto de las dos tradiciones más autoritarias de nuestro siglo XX: la priista y la comunista. No era un movimiento moderno porque, independientemente de que levantara la bandera de la democracia y diera cauce a descontento social, revivía la demagogia y el populismo de épocas pasadas. Los neocardenistas, escribió, "proclaman ardientes convicciones democráticas. Lo menos que se puede decir de ellas es que, si son sinceras, son muy recientes". Adoradores del Estado, han sido incapaces de asumirse como una constructiva oposición parlamentaria. México necesita una izquierda moderna y democrática. Pero, a los ojos de Paz, el PRD estaba muy lejos de ser esa opción.

Hoy, a diferencia de lo que sucedía en 1977, podemos decir que ya hay partidos políticos en México. No los que nos hacen falta.

 

Tomado del Periódico Reforma.


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