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LA INTOLERANCIA RELIGIOSA:

"Si no compartes mi fe, te rompo la madre"

Carlos Monsiváis ®

Se necesita no tener madre para ser protestante.

- Cardenal de Guadalajara Juan Sandoval Íñiguez (1998).

 

El 12 de abril de 2001, 24 familias de la comunidad de San Nicolás, cerca de Ixmiquilpan, Hidalgo, denuncian al delegado comunal, Heriberto Lugo González, y a varios de sus colaboradores por hostigamiento y amenazas de muerte por no profesar la fe católica. Según Josefina González Reséndiz, representante de los afectados, el delegado Lugo les ha prohibido a los evangélicos el uso del panteón local, les ha suspendido el suministro del agua potable, bloquea su participación en faenas y cooperaciones, los ha despojado de sus parcelas y les dio un plazo de tres meses, a partir del 18 de marzo, para que abandonen sus viviendas. Lugo los amenazó con agredirlos e incluso matar a Celerino González Peña, si no se retiraban del poblado. Según Josefina González el conflicto se inició en 1980, cuando se despojó de su vivienda a la familia del protestante Ponciano Rodríguez Escamilla y se pretendió expulsarlos del lugar. A la comunidad la rige la norma no escrita según la cual San Nicolás debe ser exclusivamente de la grey católica (nota de Carlos Camacho, La Jornada, 13 de abril de 2001). 

“O TE ESTACIONAS EN TU FE O LE PEGAS UN TIRO

POR LA ESPALDA A TU ENTIDAD

¿Cuáles pueden ser las causas de la intolerancia religiosa que se ha padecido en México? Entre ellas, desde luego, el monopolio religioso de siglos, las petrificaciones del tradicionalismo, la desconfianza y 82 COMISIÓN NACIONAL DE LOS DERECHOS HUMANOS el rechazo —que duran siglo y medio— a lo que viene de Norteamérica, la indistinción más numerosa de lo que se acepta entre fe y fanatismo (si la fe es la única verdadera, un fanático es únicamente un defensor de la verdad). Al lado de la pregunta sobre motivaciones profundas, queda otra: ¿por qué no se han dado las reacciones críticas ante la intolerancia religiosa en los sectores liberales, democráticos de izquierda? Y de esa pregunta surgen otras:

—¿Por qué ninguno de los grupos que defienden los derechos indígenas se preocupa por mencionar siquiera la persecución religiosa?

—¿Por qué fue tan lenta la inclusión de las persecuciones religiosas en el campo de los Derechos Humanos?

—¿Por qué en las enumeraciones del Subcomandante Marcos, que abarcan casi todas las minorías y muchísimos gremios, nunca aparecen los protestantes?

—¿Por qué cuando los obispos católicos y los laicos cercanos a su posición hablan de libertad religiosa, el contexto es la enseñanza católica en las escuelas públicas y no la libertad de profesar el credo que cada uno juzgue conveniente?

—¿Por qué cuando el Papa Juan Pablo II, en tierra de musulmanes, afirmó como la libertad máxima del ser humano la libertad de cambiar de religión, la traducción instantánea de la frase es la conversión de los budistas y los musulmanes al catolicismo?

—¿Por qué los marxistas, ateos profesionales, han defendido tan largo tiempo el catolicismo como la única religión posible de los indígenas? ¿Por qué los que debían ser más críticos del mito de la Identidad Nacional aprueban la declaración del guadalupanismo como esencial al ser del mexicano?

—¿Por qué no se ha dado un debate preciso sobre los usos y costumbres como legitimación del monopolio religioso, y del uso religioso del tequio?

—¿Por qué aún se considera a los protestantes ciudadanos de segunda o tercera clase, los excluidos del mito nacional?

—¿Por qué en cada una de las persecuciones, los afectados directamente se obstinan en volver su caso en asunto local, es decir, materia del olvido, y no asunto nacional, es decir, materia de la movilización que crea o fomenta la memoria? ¿Por qué muchas veces las víctimas no denuncian las agresiones y las consideran “pruebas enviadas por Dios”? 

TANTOS, TAN VARIADOS Y TAN PARECIDOS

Lo anterior admite otras interrogantes que presento sin jerarquizar:

—¿Cómo unificar estas ciudadelas también llamadas denominaciones, o si uno quiere ahorrarse el trabajo de comprender, simplemente sectas? ¿Qué tienen en común los bautistas, los presbiterianos, los episcopales, los luteranos, los metodistas, los menonitas, los nazarenos, los Discípulos de Cristo, la Iglesia Bíblica Bautista, el Movimiento Manantial de Vida, la Iglesia Alfa y Omega, la Iglesia Cristiana Interdenominacional, la Iglesia del Evangelio Completo, el Alcance Latinoamericano, las Asambleas de Dios, la Iglesia Evangélica Pentecostés? (cito sólo algunas). ¿Y cuál es la relación de estos grupos, que de un modo y otro derivan del protestantismo histórico de Lutero, Calvino, Zwinglio, John Wesley y los anabaptistas, con los discípulos de profetas autoerigidos que ya no toman a la Biblia como la única fuente de doctrina, así como los Mormones o Santos de los Últimos Días, los Testigos de Jehová, los Adventistas del Séptimo Día, la Iglesia La Luz del Mundo?

—¿Qué tanto se sabe, incluso en los medios protestantes, de las múltiples y con gran frecuencia no muy significativas oposiciones doctrinarias? ¿Qué tanto se han examinado las distancias básicas entre los ritos negados a la espontaneidad emocional y los centrados en el “avivamiento espiritual” o carismáticos? ¿Cuáles son además del origen de clase, popular en el primer caso y burgués en el segundo, las diferencias entre el pentecostalismo y el catolicismo carismático? ¿Cuál es la tradición histórica que en rigor funciona en el caso del protestantismo, y cuáles son los reemplazos de la tradición?

—¿Por qué la historia del protestantismo mexicano conoce dos grandes etapas: de las décadas finales del siglo XIX a 1970 (aproximadamente) y de 1970 a nuestros días? ¿Cuál ha sido la participación efectiva de los misioneros norteamericanos en cada una de las etapas? ¿Por qué el caso único de los Testigos de Jehová se generaliza sin medida en los ataques al protestantismo? ¿Por qué es tan escasa o incipiente la defensa social, cultural y legal del protestantismo mexicano? ¿Por qué es aún tan débil y confusa la respuesta unificada de las Iglesias protestantes, al grado de que todavía algunos acusan a otros de ser “sectas”?

—¿Por qué pese al crecimiento notorio de las Iglesias minoritarias, el Estado y la sociedad las conocen tan mal y tan despreciativamente, como si las otras creencias mereciesen el no concederles calidad humana alguna? ¿Por qué muchísimos de los propios integrantes de las Iglesias minoritarias suelen corresponder al menosprecio, actuando como si efectivamente no perteneciesen a la sociedad? ¿Hasta qué punto el término secta envuelve a sus integrantes en las nieblas del prejuicio, nada metafóricas en cuanto a sus consecuencias, e impide los acercamientos genuinos? ¿Tiene algún sentido considerar con tal carga de encono o desprecio a cerca del 10% de la población, cifra posiblemente conservadora? En pos de las respuestas, trazo un cuadro sintético del desarrollo del tema.

En la primera etapa el protestantismo es una elección difícil y valiente, algo que desde fuera se califica, en el mejor de los casos, de “pérdida de los sentidos”. Jean Pierre Bastian ya lo ha demostrado: el protestantismo durante una larga etapa es, al tiempo que opción religiosa, una muy clara elección política y moral, y los protestantes son, de modo obligado, liberales juaristas, partidarios de la libertad de conciencia y de la tolerancia. Luego el ánimo de disidentes religiosos que quieren extender su campo de acción lleva a muchos evangélicos a incorporarse a las distintas facciones de la revolución. (En mi caso, que cito para ejemplificar, no para hacerme a estas alturas de un árbol genealógico, mi bisabuelo, Porfirio Monsiváis, soldado liberal, se convirtió al protestantismo en Zacatecas a fines del siglo XIX.) Las comunidades evangélicas responden entonces, de varias maneras, al esquema clásico o weberiano: son gente industriosa, productiva, deseosa de avanzar por el impulso de su trabajo, muy adentrada en la sensación de pertenencia a la institución que se distingue por su rectitud. El avance no es de modo alguno espectacular, las comunidades son pequeñas y se enfrentan a un cúmulo de dificultades, la primera de ellas el factor de la intolerancia. 

EL LENTO AVANCE Y LA LIBERTAD DE CULTOS

La tolerancia avanza dificultosamente, y en gran medida como resultado de la convicción liberal: sin libertad de expresión y de conciencia no hay desarrollo social. Como lo prueba Jean Pierre Bastian en su historia del protestantismo en México, la conciencia protestante es, en todo momento, conciencia liberal. La disidencia religiosa necesita asumir a fondo la defensa de las libertades y el juarismo militante se vuelve militancia maderista, zapatista, constitucionalista. Los protestantes de principios de siglos, como toda minoría vigorosamente ideologizada, luchan por sus derechos en un esfuerzo triple: garantizar el respeto de la ley a la disidencia / solidificar internamente la convicción de la dignidad de los heterodoxos / convencer a la sociedad del carácter respetable de sus creencias. Esto, en medio de la guerra entre el Estado y diversas facciones que, en lo religioso, llega a su clímax con la Cristiada.

Los primeros conversos al protestantismo viven el alborozo de la fe que, literalmente, les cambia la vida, les da acceso al libre examen y los aparta de lo que, a su juicio, es fanatismo. Pero a las conversiones se les juzga abominables o tristemente excéntricas. (¿Cuánto se tarda para que alguien diga: “Algunos de mis mejores amigos son protestantes?”) Y los herejes, hostigados al máximo, se van concentrando en las grandes ciudades.

En 1930 o 1940 ya están arraigadas en México las principales denominaciones de Norteamérica. Son bautistas, presbiterianos, metodistas, nazarenos, congregacionales. También, desde la década de los veintes del siglo pasado, comienzan las congregaciones de origen nativo, por lo común de raigambre pentecostal, producto de los “llamados divinos” a personas con perfil carismático y dones organizativos. La ola pentecostal —que será explosión demográfica— subraya la experiencia directa y la emotividad del creyente. El nombre de pentecostales viene de la reunión de los discípulos de Cristo el día de pentecostés, a semanas de la muerte de Cristo: “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, como el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos de los apóstoles, capítulo 2, versículo 4).

Al pentecostalismo, iniciado a fines del siglo XIX, lo extiende con rapidez el fervor proselitista. La experiencia es nueva en el país, porque implica un abandono del temor al Qué Dirán y la terquedad del que no entiende de rechazos. En lo básico, el pentecostalismo no se aparta del protestantismo histórico, pero el énfasis se deposita en la experiencia individual y en la concentración obsesiva de la Biblia. Los pentecostales se manejan especial y casi exclusivamente en las clases populares, y los conversos le suelen conceder a la religión el sitio central en sus vidas, ya no la experiencia más común en las zonas urbanas, crecientemente secularizadas.

Por lo común, es muy dificultoso establecer misiones rurales, y son muy riesgosas las prácticas disidentes en pequeñas ciudades y ciudades medias. “¡Vamos a apedrear a los aleluyas!”, es un grito frecuente entre niños y adolescentes. Los hostigamientos tienen cierto éxito.

Entre 1920 y 1960 la persecución religiosa está al orden del día. El protestantismo se “nacionaliza”, si el verbo es aplicable a cuestiones religiosas, gracias al alto número de víctimas y, desde el punto de vista de la convicción, de mártires (si el protestantismo tuviese procesos de beatificación y canonización, la lista de candidatos sería larga y también incluiría niños). Se ataca con furia el proselitismo, y la estrategia incluye incendios de templos, asesinatos de pastores y laicos (no escasean los paseos de los atrapados a cabeza de silla), expulsión de familias en los pueblos, en suma, el terror aplicado contra los disidentes. Entre 1948 y 1953, aproximadamente, el programa antievangélico alcanza proporciones amplias, a solicitud evidente del arzobispo Luis María Martínez, decidido a frenar “el avance de la herejía”. Don Luis María parece moderno, es omnipresente en cenas y cocteles de la burguesía, cuenta chistes levemente audaces, bendice todos los edificios y comercios nuevos y es miembro de la Academia de la Lengua. También es un cruzado de la fe a la antigua, y aplaude sin remordimiento alguno la cacería de herejes.

No hay entonces hábito de enfrentarse a la intolerancia. Si los atacan es porque se lo buscaron. Ante la felicidad de los jerarcas católicos, y en un vano intento de contener la atmósfera de linchamientos, se crea el Comité Evangélico de Defensa, de escasísima resonancia. Y si la persecución amengua ya para 1960, es porque los agresores están seguros de haber destruido el progreso de los disidentes religiosos.

En la ciudad de México, lo común es que sólo los vecinos adviertan la existencia de los otros templos; en los pueblos y pequeñas ciudades los protestantes constituyen una provocación. Los más pobres son los más vejados y los pentecostales la pasan especialmente mal por su condición de “aleluyas”, gritones del falso señor, saltarines del extravío piadoso. No hay costumbre de respetar y entender la diferencia, y si algo ignora la sociedad cerrada de la nación aislacionista son los matices. Contra los herejes se utilizan el humor de exterminio, la desconfianza agresiva y los ejercicios de la violencia, aunque las clases medias suelan confinarse en el humor. Un chiste típico: el padre se entera de la profesión non sancta de la hija, se enfurece y la amenaza con expulsarla de la casa. “¡Hija maldita!, ¡vergüenza de mi hogar! Dime otra vez lo que eres para que maldiga mi destino”. Se hace un breve silencio y la hija murmura: “Papá, soy prostituta”. Suspiro de alivio y el rostro paterno se dulcifica: “¿Prostituta? Ah, bueno, yo creí que habías dicho protestante”. Y el choteo infaltable: “¡Aleluya, aleluya, que cada quien agarre la suya!” (El chiste, que se repite un millón de veces, se vuelve tradición hogareña, y hay rumor de que el primero que lo dijo fue san Pedro.)

A los protestantes los rodea la incomprensión y el señalamiento: “Es buena persona pero... / Sí, hijo, puedes ir a su casa, pero que no traten de quitarte tu fe”. Los letreros expulsan de antemano: “En esta casa somos católicos y no aceptamos propaganda protestante”. Esto, especialmente en los niños, se traduce en el mensaje implacable: “tú eres nadie por ser protestante, un enemigo de Dios, un chusco natural, una franca anomalía”. Permítaseme el recuerdo personal. En la preparatoria un compañero que luego entró en un seminario y va ahora en su quinto matrimonio, me invitó a comer con sus padres. Advertidos de mi filiación religiosa, que yo no ostentaba pero que por lo visto me seguía como sombra, los señores me observaban con lo que no supe si calificar de extrañeza, o de lo que hoy describiría como presentimiento de El exorcista. En los postres la señora se animó y me preguntó: “Sé que no eres católico, lo que lamento mucho porque me gustaría que te fuera bien en esta vida y en la otra. Pero así es y ni modo. Ahora, contéstame esta pregunta. Los protestantes no creen en la Navidad ¿En qué creen?” Me sorprendí en demasía, por estar seguro de lo contrario: los protestantes creen en exceso en la Navidad, son de hecho catálogos ambulantes de villancicos. Como debía responder, opté por lo que se me ocurrió: “No es así exactamente, señora. Lo que pasa es que son muchos los grupos protestantes y como nunca se han puesto de acuerdo, cada uno hace que Jesucristo nazca en un fecha distinta del año. Esta vez, por ejemplo, nosotros celebramos la Navidad en febrero, y el año próximo en octubre. Como nuestras creencias varían tanto, Cristo puede nacer cuando se le antoje”. Emitida la mentira, esperé la reacción. La señora sonrió satisfecha. Tenía razón, así son los herejes de locos y monstruosos. Mira que colocar un arbolito con esferas en marzo.

En la escuela primaria y en la secundaria asocié la disidencia religiosa con las sensaciones de inferioridad social y “ajenidad” nacional. Yo no creía en la Virgen de Guadalupe, por lo tanto no era mexicano; era protestante, por lo tanto mis creencias se prestaban a la ridiculización (o lo que suponían que eran mis creencias). En la actualidad de México las agresiones eran más bien moderadas, pero el mensaje de la mayoría era omnipresente: “Si no podemos evitar que existas, entérate de que tu profesión de fe es anormal y antinacional”.

Hasta hace poco tiempo, y en demasiados lugares todavía hasta hoy, la burla de las creencias conduce a los niños de las religiones minoritarias a una perpetua posición defensiva. Lo normal ha sido la creencia en la estadística como ley inflexible del comportamiento. “Somos la gran mayoría. Lo que queda afuera es falso y risible”. Y lo normal también se extiende con crueldad. Pertenecer a un credo minoritario ha sido en América Latina asumir que la disidencia es vista como traición y distorsión, y sólo la masificación del pentecostalismo y otras denominaciones aminoró la andanada psíquica contra “los poquitos que creen ridiculeces y se aprenden la Biblia de memoria”. Antes de eso, los niños atravesaban la primera etapa de su vida explicándose como podían la singularidad de su familia, lo que duplicaba el carácter cerrado de las congregaciones. A diferencia del fundamentalismo de las mayorías, que suele ser arrogancia y chovinismo de la fe, el fundamentalismo de las minorías, y en muy buena medida, extrae de la fe no sólo la relación con lo trascendente, sino todo lo que les niega el medio social.

No resisto la tentación de referir otros episodios de mi memoria herética. El primero, en la secundaria, cuando un profesor de historia, al tanto de que a su clase asistían cuatro alumnos protestantes, nos indicó con gran seriedad: “Pues piensen bien en sus creencias, porque en México ningún protestante puede ser Presidente de la República”. Hasta ese momento a mí no se me había ocurrido ser nada, pero me asombró la noticia del veto. El maestro nos preguntó lo que pensábamos de esa prohibición y, según recuerdo, sólo logré decirle: “Es injusta, maestro, porque yo creo que todos deberíamos ser Presidentes de la República”. Se rieron de mí, y durante unas semanas me observaron con el menosprecio dedicado a alguien que jamás podrá ocupar la Primera Magistratura.

El segundo episodio sucedió en 1952, al terminar la secundaria. Dos compañeras, muy corteses, me preguntaron. “Bueno, pero ¿te quieres ir al cielo o no?” Me quedé pensando, aturdido por el tamaño de la oferta, pero al fin reaccioné y respondí con el candor inadmisible en el militante de la juventud comunista que ya era: “¿Pero qué nomás hay un modo de llegar al cielo?” Me contestaron enfadadas (atesoro sus palabras porque fueron mi ingreso a la teología de altura): “Si nomás hay un cielo, nomás hay un modo”. Desde entonces, soy partidario de la masificación del paraíso.

Insisto: mi experiencia urbana dista de ser la misma de mis correligionarios en la provincia. Allí la diferencia era, inexorablemente, un tatuaje psíquico, porque se arrostraba al mismo tiempo el ostracismo y el linchamiento. El mensaje era único: “Si ya no podemos evitar que existas, entérate de que tu existencia es perfectamente anormal”.

“A DIOS SÓLO SE LE ADORA DE UN MODO

Como a los miembros de otras minorías, a los protestantes o evangélicos también se les expulsa de modo múltiple de la Identidad Nacional, el respeto de los vecinos, la solidaridad comunitaria. Todavía hoy no se reconoce su integración al país en lo cultural, lo político y lo social, y por eso la intolerancia ejercida en su contra no provoca reacciones de protesta o de solidaridad. Y esto sucede porque la experiencia religiosa disidente suele asimilarse a través del choteo y de la ignorancia. Nada ayuda tanto al encierro y la multiplicación de los ghetos del acoso y la asfixia social como el uso propagandístico del término sectas, que en la definición del Episcopado y sus aliados marxistas son la oscuridad de las tinieblas, las sesiones nocturnas a la lívida luz de la luna, los ritos cuasi diabólicos, lo incomprensible que es tanto lo risible como lo extirpable. Con su mera existencia, las sectas ultrajan a los verdaderos creyentes y, insiste la campaña, son producto de la compra de la fe de los indecisos y del engaño a los analfabetas religiosos. Según este criterio, las sectas son tan monstruosas que los depositarios de las creencias sancionadas por la nación están autorizados para responder con el enojo sacralizado que va del insulto al asesinato.

Son bárbaras las reacciones contra los que abandonan “la Fe de Nuestros Padres”. Sólo hay una Verdad, se repite, y el que huya de la lealtad a los orígenes renuncia a sus derechos comunitarios y, en ese instante, le da la espalda a la esencia de su nacionalidad. Esto, en 1985, lo categoriza el nuncio papal Girolamo Prigione al declarar: “Las sectas son como las moscas y hay que acabarlas a periodicazos”. Y en 1989 el líder empresarial Jorge Ocejo exige la desaparición “de las sectas, de los narcosatánicos y otros grupos evangélicos”.

La sociedad de masas introduce dos factores: mayor tolerancia y soslayamiento de la conciencia de derechos y deberes. Y el agudo espíritu cívico de los protestantes de las primeras décadas del siglo XX se diluye y asume formas conservadoras. “A mí que me dejen en paz”. Son infrecuentes los tratos institucionales —sigilosos o públicos— con los gobernantes, y se evitan los pronunciamientos críticos respecto a la política ( y si se hacen, es excepcional que alguien los registre y, si alguno, el tratamiento noticioso es mínimo). Hay minorías religiosas pero, ¿a quién le importan? Y la izquierda nacionalista explica sin cesar, y como nota de pie de página de la homilía episcopal, que el protestantismo es un invento yanqui, una táctica para despojarnos de nuestra identidad nacional, una trampa para incautos.

Sin igualar los derechos religiosos con los derechos civiles, todo se vuelca en la estrategia de la disculpa. Y hasta fechas recientes, cada tres o seis años, un grupo de pastores y laicos organizaba una ceremonia (poco concurrida) en donde, desmayadamente, se le entregaba el apoyo de los evangélicos a un partido (el PRI, el 1000% de las veces). En rigor, se sabe poquísimo del comportamiento electoral de los protestantes y las religiones paracristianas. Y el arrinconamiento no se debe únicamente al infinito de la diversidad teológica, y a la falta de acciones unitarias, sino, básicamente, a la noción prevaleciente que identifica al protestantismo con la “ajenidad”. Al parecer, no importa lo muy localizado de la presencia de misioneros norteamericanos, ni que la gran mayoría de las denominaciones desde hace mucho ya no dependa económicamente de Estados Unidos. La inculpación de “extranjería” afecta a los grupos protestantes en lo externo y en lo interno.

La retórica se impone: no creer en nada a lo mejor está bien, pero si se asume un cristianismo distinto al católico se profana la Identidad Nacional. No hay mayor necesidad de argumentar y ni siquiera hace falta poner de relieve la actitud de los testigos de Jehová, que le prohíben a sus niños rendirle homenaje en las escuelas a los símbolos patrios. (En esto, se aferran al paisaje bíblico: “No tendrás dioses ajenos delante de mí, no te inclinarás ante ellos ni los honrarás, porque yo soy Jehová tu dios, fuerte y celoso”.) El calificar de escollos teológicos a la Bandera y el Himno nacionales le acarrea en el mundo entero consecuencias severas a los testigos de Jehová y a sus hijos: expulsiones de las escuelas, ceses laborales, demandas judiciales y, como narra Ernesto Cardenal, trabajos forzados en campos de concentración (En Cuba, Ediciones Era). Y este rechazo de los símbolos se alía al rechazo del tratamiento médico, de consecuencias fatales. Sin duda, el asunto es muy complejo, así sólo afecte a los testigos de Jehová. No obstante, se generaliza y cada semana brota alguna declaración contra las “sectas” que odian los símbolos patrios y los profanan. 

“DIVIDEN A LAS COMUNIDADES

En el fondo, a veces disfrazada, la vieja tesis: son “ilegítimas” las creencias no mayoritarias. Antropólogos, sociólogos y curas insisten con frecuencia, sin mayores explicaciones (tal vez por suponer que el asunto es tan obvio que no las amerita), en el “delito” o la “traición” que cometen los indígenas que, por cualquier razón, desisten del catolicismo. “Dividen a las comunidades”, se dice, pero no se extrae la consecuencia lógica de la acusación: para que las comunidades no se dividan, prohíbase por ley la renuncia a la fe católica (A los ateos se les suplicará que finjan).

Un ejemplo entre muchos: en el Primer Foro de Cultura Contemporánea de la Frontera Sur, efectuado en Chetumal en marzo de 1987, el antropólogo César Moheno Pérez afirma: “La conformación y desarrollo de estas sectas en el Estado de Tabasco nos lleva a cuestionamientos sobre las formas históricas mediante las cuales las formas de la vida comunitaria han cambiado”.

Uno se pregunta si tan paternalista antropólogo admitiría una discusión semejante sobre su propia vida comunitaria. Y en la misma reunión Sebastián Estrella Pool denunció “la penetración ideológico-política de las sectas protestantes —especialmente en las franjas fronterizas—, que de manera descarada inducen al incumplimiento de las obligaciones cívicas como el respeto a nuestros símbolos patrios, y propician la renuncia de deberes y obligaciones como el votar y participar en actividades políticas institucionales”. Y de allí a la conclusión drástica: “Sin lesionar el precepto constitucional que establece la libertad de cultos, el Estado mexicano debe adoptar una férrea decisión en defensa de la identidad cultural de nuestro pueblo, y en respuesta a los reclamos de los sectores de la población... Dado que esta influencia ha alterado el curso de la vida, principalmente en los pueblos de la ancestral cultura maya, se propone la expulsión del país de las sectas religiosas” (en Revista Integración, julio-octubre, 1987).

Varias preguntas: ¿cómo respetar la libertad de cultos si no se le permite ninguna a quien pertenece a las “ancestras culturas”? ¿Es inmóvil y eterna la “identidad cultural” de nuestro pueblo? ¿Sobre qué base se demanda la expulsión del país de “sectas” integradas por ciudadanos mexicanos? Con su aporte a la prohibición de creencias, esta izquierda marxista autoriza persecuciones, censura, violación de los Derechos Humanos (“En este momento, aproximadamente 35 mil indígenas de los Altos de Chiapas han sido expulsados de sus comunidades por adoptar las enseñanzas del Instituto Lingüístico de Verano”, Uno más uno, 15 de mayo de 1989), y a nadie le incomoda este hecho monstruoso al descargarse contra “fanáticos”. (Moraleja: sólo es condenable el fanatismo dirigido contra organizadores de la Revolución.) La arbitrariedad deviene ideología chusca pero dañina. En un programa del Canal 13 la locutora se mostró indignada: en la frontera norte hay una ciudad con más templos de “sectas” que cantinas. “¿Por qué es esto tan nocivo?”, le pregunté y respondió con presteza: “Por lo menos en las cantinas no se pierde la Identidad Nacional”. 

“¿CÓMO LE HACEN TANTOS PARA CREER EN ALGO DISTINTO?”

¿Cuál es el contexto de lo anterior? Al amparo de la explosión demográfica crece ya orgánicamente la tolerancia, porque la secularización va a fondo, la religión se aparta de la vida cotidiana de casi todos, las creencias ajenas son respetables “pero no tengo tiempo de enterarme en qué consisten” y el pluralismo se interioriza, consecuencia de los medios electrónicos, los niveles de instrucción e información, y la densidad social. A partir de 1960, para poner una fecha, es notorio el auge de la disidencia religiosa, la mayor parte de las veces sin el corpus de nociones que han caracterizado al protestantismo histórico. Según el obispo auxiliar de Guadalajara, don Ramón Godínez Flores, “cinco millones de mexicanos son miembros de ‘sectas’, lo que se debe a los ‘vacíos de atención’ de la Iglesia católica, y a la escasa preparación evangelizadora ‘de numerosos sacerdotes que salen formados al vapor’ en seminarios y colegios religiosos” (en “Política”, suplemento de El Universal, 21 de septiembre de 1989). Y el sociólogo Gilberto Giménez, un ex jurista perseguidor profesional de sectas anota:

Así por ejemplo, entre 1970 y 1980 la población protestante se duplica en Tabasco y se triplica en Chiapas. Si se mantuviera este mismo ritmo de crecimiento hasta fin de siglo, la población protestante representaría en Tabasco alrededor del 20.5% de la población total, y en Chiapas el 24.78%. Por lo demás, estos dos Estados son los que exhiben mayor densidad de población protestante (12.21% y 11.46%, respectivamente), y considerados conjuntamente, concentran por sí solos las tres cuartas partes (72.26%) del total de la población protestante en toda la región, dejando sólo una tercera parte para los Estados restantes. Finalmente, cabe notar que los cinco Estados del sureste concentran por sí solos el 22.56% del total de la población protestante en todo el país (en  “Política”, suplemento de El Universal, 21 de septiembre de 1989).

A fines de la etapa 1920-1960 las minorías protestantes viven un retroceso. En la capital y en las ciudades grandes pasan de amenaza a pintoresquismo; observen cada domingo a esas familias que deambulan con himnarios y Biblias y rostros amables; vean bien a ese puñado devocional por lo general confiable y excéntrico. Entre los sectores de clase media ilustrada, la pregunta implícita sería: ¿a quién se le ocurre hacerse de otra religión si ni siquiera la fe de nuestros padres es muy practicable?

Ya para 1968 gran parte del protestantismo se ha rendido al conformismo, y el movimiento parece condenado al estancamiento, tan sólo uno de los ejemplos de la americanización primeriza del país. A los protestantes deseosos de oportunidades de ascenso, los asimila la vida social y prefieren casarse por el rito católico. Al trabajo misionero lo cercan las acusaciones de espionaje y divisionismo en las etnias, y ya en los setentas la intolerancia triunfa y se prohíben las actividades del Instituto Lingüístico de Verano (ILV), organismo responsable de la hazaña de traducir porciones de la Biblia a lenguas indígenas. Para deshacerse del ILV se alían los obispos y los antropólogos de izquierda nacionalista-maoísta que, sin pruebas, lo califican de “avanzada de la CIA”, “instrumento de la desunión de los mexicanos”, etcétera.

Nadie se lo esperaba: en la década de los setentas sobreviene la fiebre de las conversiones al protestantismo. A este éxodo doctrinario lo motivan, entre otras cosas, la necesidad de integrarse a una comunidad donde se tome en cuenta a los fieles, las consecuencias individuales del libre examen de la Biblia, el deseo del cambio personal y la urgencia de las mujeres indígenas, requeridas de que sus maridos abandonen el alcoholismo y la violencia consiguiente. Sobre todo en el sureste del país aumentan las conversiones, y en correspondencia los obispos católicos vigorizan el desprecio a las “sectas”. La intolerancia se concentra en el rechazo de las conversiones. “Nadie abandona por razones legítimas la Fe. Las campañas antiprotestantes se unen a las diatribas contra los credos de la New Age, ‘doctrina diabólica’”, y los curas repiten la exhortación de Bossuet al protestantismo: “Varías, luego mientes”. Pero el avance de las conversiones no se detiene, ni tampoco el de los grupos paraprotestantes (Mormones o Santos de los Últimos Días, Testigos de Jehová). En todo el país se expanden los grupos pentecostales y lo que se creía inmovilizado anima con fuerza la diversidad nacional.  

“BIENAVENTURADOS LOS QUE SUFREN,

PORQUE ELLOS TAMBIÉN SE DIVIDEN

En Chiapas desde hace años el asunto es particularmente áspero y desde los setentas se expulsa a los protestantes de varias comunidades, en especial de San Juan Chamula (35 mil desplazados). A partir de 1994, a la división entre confesiones religiosas se agregan las divisiones políticas. Católicos y protestantes se escinden, y en Chenalhó, por ejemplo, hay presbiterianos priístas y presbiterianos filozapatistas. Entre los obispos católicos hay posiciones muy opuestas, y las hay también entre protestantes. Quien puede hacer declaraciones y dirigentes de membretes andan a la búsqueda de micrófonos que les permitan hablar a nombre de todos los protestantes y condenar al EZLN. Las comunidades evangélicas padecen la violencia de paramilitares, de los priístas y de los filozapatistas. Pero, de nuevo, sus demandas y denuncias carecen de volumen porque rige la consigna no dicha pero acatada: los protestantes son ciudadanos de tercera, y eso si acaso. Pongo un ejemplo —uno entre tantos— del 21 de diciembre de 1997. En el pueblo de Pochiquil, Chiapas, se reúne un grupo evangélico. Al terminar el culto, advierten la presencia de hombres armados en la comunidad. Algunos huyen; doce familias eligen pasar la noche en oración en el templo. Los hombres armados cercan el recinto durante tres días, sin permitir la entrada de agua y de comida. Un joven se arriesga y va en busca de provisiones. Dos semanas más tarde su cuerpo aparece a un lado del camino, golpeado y rematado a machetazos. Días más tarde cuatro asesinatos más y el incendio deliberado de 45 hogares de evangélicos. Después de Navidad, los agresores queman las cosechas y otros 80 hogares de los protestantes, y un templo evangélico (Noticiero Milamex, 30 de abril de 1998).

El 12 de noviembre de 1996 son asesinados dos dirigentes de la Organización de los Pueblos Indígenas de los Altos y Selva de Chiapas (Opeach), por motivos religiosos, que una parte de la prensa matizó de inmediato: “por motivos supuestamente religiosos”, para favorecer el devastamiento del tema. A los asesinados —Salvador Collazo Gómez y Marcelino Gómez López— se les embosca en el monte con armas de alto poder. El dirigente de la Opeach, Manuel Collazo, hermano de Salvador, responsabilizó de los hechos a los caciques chamulas y al diputado local priísta Manuel Hernández Gómez. Los crímenes, para nada excepcionales, corresponden al clima de intolerancia ya histórico en la zona.

¿Quién protesta por estos hechos? En Chiapas se acrecienta el número de los desplazados, siguen impunes los asesinatos de pastores y feligreses y, por ejemplo, el 2 de abril de 1998 un grupo de católicos incendia dos templos protestantes. Por lo visto, esto todavía no le concierne a la opinión publica y a la sociedad civil de izquierda. A los disidentes religiosos los persiguen, torturan y matan los paramilitares, los priístas y los filozapatistas. Esto, mientras la jerarquía católica niega la existencia de una “guerra santa”.

En la ingobernabilidad, y casi por inercia, los poderes locales aspiran al totalitarismo a su alcance. Si los enfrentamientos religiosos son desdichadamente reales, la derecha los utiliza para añadirle al todo de la intolerancia en Chiapas el matiz de las creencias, y a gran parte de la izquierda le parece bien en el fondo. En demasiados lugares los agravios son muy reales, tanto como el deseo de eliminar a los contendientes en la lucha por las almas. Pese a todo, se avanza considerablemente en materia de tolerancia religiosa y esto ocurre porque en una sociedad moderna la libertad de cultos es un hecho necesario. 

Posdata

El 22 de abril de 2001, en Villa Hidalgo Yalalog, Oaxaca, el pastor pentecostés Gilberto Tomás Piza, de 48 años de edad, es asesinado a las siete de la mañana, al dirigirse al templo a su cargo. El pastor recibe varios impactos de bala y —según Tomás Martínez, reportero de Noticias de Oaxaca— las autoridades muestran muy poco interés en resolver el caso. Tomás Piza, que deja a su mujer y cinco hijos, había sido expulsado de Yalalog y debido a eso construyó un templo de láminas en su cerro a las afueras del pueblo. Los enviados del Comité Evangélico de Derechos Humanos de Oaxaca no pudieron acercarse al lugar (Noticiero Milamex, 31 de mayo de 2001).

El 4 de abril de 2001, la asamblea del pueblo de San Lorenzo, en Choapam, Oaxaca, levanta el acta correspondiente. Se requiere “resolver el problema existente con unos de los ciudadanos de la comunidad quienes pretenden dividir el pueblo con su creencia de la religión evangélica, cosa que esta población rechaza por completo, ya que por los años 79 existió el mismo problema en este pueblo donde fueron expulsados un grupo de individuos que profesaban esa religión evangélica, por tal motivo se ha conservado la unidad del pueblo”.

El acta es un testimonio preciso de la intolerancia que se ve a sí misma salvando a la comunidad y a la nación:

Después de una larga discusión de lo relativo con este problema de dos compañeros que profesan la religión ajena a la católica, donde el pueblo solicitó que se cortaran los derechos de dichos señores ya que se dio tiempo para que se arrepintieran, mas sin embargo ante la asamblea siguieron diciendo que no podían dejar la religión que se habían ingresado. Mientras tanto, uno de los presentes dijo que esas personas que profesan la religión evangélica son varias y mencionaron los nombres de otra pareja que según se murmura que también están metidos en el mismo problema de la secta...

El 4 de marzo anterior, la pareja evangélica Simón Antonio Manzano y Cristina Martínez Sánchez es detenida durante 30 horas por la única razón de sus convicciones. Luego, se les suspende el suministro de agua potable y se les cobra una multa de dos mil quinientos pesos.

Hasta la fecha el hostigamiento continúa.

Tomado de la Comisión Nacional de Derechos Humanos


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