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EL MITO Y EL RITO

Sergio García Guzmán ®

 

"Ves, pero no observas"

- Arthur Conan Doyle (Aventuras de Sherlock Holmes)

¿Cuál es la finalidad primordial del cerebro humano? ¿Para qué nos dotó la evolución de cerebro? Respuesta: para permitir la supervivencia. No para hacer filosofía o crear sistemas éticos o tener religiones, sino para sobrevivir: asegurado esto, todos los demás pasan a ser objetivos legítimos, pero el fin primero es sobrevivir… porque si el sujeto muere, de nada sirve todo lo demás.

    Y para sobrevivir, lo primero que se debe hacer (o al menos intentar) es entender y comprender claramente dónde se está, cuál es el rol de cada quién, qué reglas se deben acatar y qué se debe hacer para poder vivir.

     Un mito es, en dos palabras, una historia ejemplar. No es sinónimo de “mentira” ni de “fábula” ni de “engaño” ni de “superstición”. No es producto de la irracionalidad ni de la ignorancia ni es simplemente una “historia deformada”. El mito tiene su propia lógica y sus propios motivos, que son totalmente ajenos al modelo positivista de nuestros días.

     Para entender cabalmente lo que es el mito, debemos arrancar de un profundo respeto por los hombres y las culturas antiguas.  Tendemos a ver a las civilizaciones anteriores a la nuestra como “primitivas”, sin entender claramente que los hombres de aquellas épocas eran igual o más inteligentes que nosotros, pero que no contaban con los recursos tecnológicos de que disponemos hoy. ¿Por qué organizaron su vida alrededor de los mitos? Porque ésa fue la manera en que pudieron explicarse el mundo y le dieron sentido. No eran hombres ignorantes ni tontos ni supersticiosos: simplemente siguieron un camino que hoy hemos abandonado.

     El mito trata generalmente (pero no siempre) sobre la irrupción de la divinidad en la vida de los hombres, normalmente con una finalidad fundacional (creando la vida, un territorio, enseñando algo, etc.: “fundando” algo donde antes no existía absolutamente nada). Ese es el “mito fundacional”, el gran modelo del mito (pero no el único: también hay mitos de destrucción y muerte (diluvio, juicio final, Apocalipsis) e incluso algunos filosóficos (Sísifo, eterno retorno).

     Sea de la variedad que sea, el mito narra algo extraordinario, que se sale de la vulgaridad de todos los días y que es majestuoso y digno de ser recordado por ésta y por las generaciones futuras.

     El mito transcurre no en un tiempo profano, sino sagrado: no se sabe exactamente cuándo ocurrió, porque el tiempo sagrado está – por definición - fuera de la esfera humana.

     El mito tiene tres grandes finalidades: la primera es contar con una forma de entender al mundo y comprenderlo para poder vivir en él, no quedándose con la mera apariencia de caos sino formulando una explicación alternativa de la realidad; la segunda es recordar cuáles son los orígenes de la comunidad o las grandes enseñanzas que ha recibido y que nunca debe olvidar; la tercera es mostrar ejemplos espirituales y prácticos que se deben imitar para poder vivir en comunidad, no limitándose solamente a conocerlos ni entenderlos, sino llevándolos a la vida cotidiana; y cuarto, constituirse en un marco de referencia común para toda la comunidad, dando coherencia y unidad al grupo y su identidad cultural.

     Ahora bien, el mito es mucho más que una historia común y corriente, porque se refiere a algo vital para la comunidad. Por tanto, se le debe de recordar periódicamente. Y para hacerlo, existe el rito. Un rito es más que una simple ceremonia o una fiesta: es la escenificación del mito, con todo el respeto y ceremonial que merece ésta historia ejemplar. En vez de hablar de la “escenificación” del mito, también se habla de la “representación”, “recreación”, “evocación” e incluso de su “actualización”.

     El rito no se realiza en cualquier lugar: se lleva a cabo en un recinto sagrado, un sitio especialmente diseñado y construido para representar mitos. En el último caso, este lugar también puede ser profano, pero tras haber sido “consagrado” mediante una ceremonia o el acuerdo tácito de todos los involucrados.

 Lugares sagrados son templos, iglesias, salas de conciertos y teatros (el teatro es un derivado directo del rito: se trata de representar una historia, aunque en el teatro actual tal historia no sea mítica).

     Como el mito ocurre en un tiempo primordial, la representación ritual debe ocurrir en un tiempo sagrado. Esta modalidad de tiempo no tiene las mismas características que el tiempo cotidiano de nuestras vidas (tiempo profano), sino que se separa tajantemente del tiempo profano: ahí no importan las vicisitudes diarias, ni las preocupaciones mundanas, sino las grandes cuestiones de que trata el mito.

 El mito tiene, así, tres grandes finalidades: la primera – y más obvia- es mantener vivas las trascendentes enseñanzas del mito; la segunda es mantener unida a la comunidad y mantener un lazo común que los haga sentirse parte de una misma cultura; y tercera, poner en justa perspectiva la insignificancia e intrascendencia de la vida profana anta la grandeza y enormidad de lo sagrado.

    Pero hay una característica también importante que muchas veces se pasa por alto: no solamente se necesita un lugar y un tiempo sagrado, sino que también se precisa que los personajes sean sagrados. Los actores involucrados en un rito dejan a un lado su personalidad cotidiana y se transforman, mágicamente, en parte del mito. Cuando un sacerdote levanta una ostia en una ceremonia católica, el fiel no está ante un ser común y corriente, ni siquiera ante la representación de Jesús de Nazareth: está ante el mismísimo Jesús. Cuando un personaje agita una bandera el 16 de septiembre, se convierte –ritual y mágicamente- en Hidalgo: ya no estamos en el tiempo profano, sino en 1810 y está a punto de comenzar una sublevación que busca la independencia del país.

     Así de importante es el rito, así de profundo es aquello a que hace referencia.

   Es cuanto.


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