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HETEROFILIA

Agustín Basave Benítez ®

El ser humano abolió la esclavitud de los otros pero no la de sí mismo. Vive aún encerrado en la cárcel de su subjetividad, de la que sólo en contadas ocasiones puede escapar. En otras palabras, es rehén de su propia naturaleza: el hecho de ser un sujeto lo obliga a ver el mundo exterior desde la perspectiva del mundo que lleva dentro. Observa a los demás con los ojos de su ser y tras de los lentes de su historia. Cualquier otro mirador le es antinatural.

Por eso, porque suele carecer de un espejo vivencial y porque su visión es rectilínea, le es tan difícil verse a sí mismo; se intuye, se imagina, se inventa, pero difícilmente alcanza a apreciarse. Se asume como quiere o puede asumirse. Cierto, su cabeza está llena de imágenes externas, de figuras y rostros ajenos, pero es su percepción la que las moldea y las hace suyas. Todo pasa por el tamiz de su especificidad.

La humanidad es, así, un abigarrado haz de similitudes. Todos los hombres y las mujeres seguimos, en términos generales, un patrón de razonamiento uniforme y experimentamos una misma clase de sentimientos. Pero cada uno parte de distintos supuestos, los procesa con diferente intensidad y llega a diversas conclusiones y reacciones. Y es que somos una homogeneidad heterogénea. Esa es la magia de nuestra existencia: nos define un género lejano y una diferencia genérica, somos una especie inconfundible con las demás formada por individuos inconfundibles entre sí. Los 6 mil millones de personas que habitamos este planeta nos parecemos mucho y, sin embargo, no hay dos que sean iguales. Cuando alguien nace llega una versión única, incomparable e irrepetible de lo humano; cuando alguien muere se empobrece el mundo. Esa unicidad es, a un tiempo, la maravilla y la desventura de nuestra convivencia. Hace que valga la pena estar con otros pero vuelve muy difícil hacerlo.

Puesto que no hay nadie como yo, y puesto que no puedo ser el que no soy, tengo siempre frente a mí la amenaza de permanecer solo. Me cuesta mucho trabajo darme cuenta de que sí puedo salirme de mí mismo y meterme en la otredad para entenderla y para entenderme, y por eso me es difícil percatarme del fascinante universo que hay allende las rejas de mi prisión subjetiva. Desde allí puedo sentir las cosas de manera distinta, mirar a los demás con otra visión y verme a mí mismo diferente. Puedo comprender actitudes que normalmente no entiendo y convencerme no sólo de que no soy el poseedor de la verdad absoluta sino de que a menudo poseo la mentira relativa. Puedo, en suma, darle la razón al otro cuando la tiene y explicarlo cuando creo que no la tiene.

Pero ponerse en el lugar de los demás es remar contra corriente. De ahí la enorme cantidad de conflictos que se dan cotidianamente en las relaciones personales, y de ahí la gran dificultad para solucionarlos. Liberarse de las ataduras de la subjetividad presupone abandonarse por momentos, dejar de ser partidario de uno mismo, con toda la angustia que eso implica. Hay que ejercitar la autocrítica, admitirse defectuoso y defender el punto de vista ajeno. Y el precio de ese ejercicio se paga con un desasosiego que no por pasajero se vuelve digerible. Sólo cuando se aprende que ese desprendimiento, lejos de dañarla, fortalece nuestra autoestima, somos capaces de practicarlo sin miedo.

Con todo, quien quiera que nos haya creado no es cruel. Hizo tan humano al egoísmo como al amor y nos dio la posibilidad de ser altruistas. Porque es justamente el amor el que puede contrarrestar al egoísmo extendiendo el ego individual al ego colectivo, trocando el yo en nosotros. Cuando de veras se ama se hace de la otredad parte de uno y, en consecuencia, el uno se hace más grande. Mi ser incluye entonces a otros y el de otros me incluye a mí, y lo que tenemos que cuidar trasciende lasfronteras individuales y abarca un territorio existencial más extenso. Pero eso no garantiza la armonía pues, por desgracia, únicamente un puñado de almas privilegiadas puede amar a todos, y los demás solemos tener desencuentros y hasta perder amores cuando no ampliamos nuestras bartolinas subjetivas.

Nada nos exime, por ende, del imperativo de obligarnos a nosotros mismos a ponernos de vez en cuando del otro lado del mostrador. En la dimensión gregaria del hombre, la búsqueda de la felicidad va contra natura. Así como los pactos sociales exigen una persuasión racional de que a largo plazo es deseable para todos contener nuestros impulsos egoístas, la heterofilia personal demanda el razonamiento de que, aunque no se nos dé, nos conviene asumir en ocasiones el papel del otro para comprenderlo y minimizar la conflictividad de nuestro entorno. Se dice fácil, pero se trata nada menos que de hacernos amigos de la otredad, de ese espacio que prejuzgamos ajeno y hasta antagónico. Y para ello es necesario combatir, además de nuestro subjetivismo, nuestra suspicacia sobre la reciprocidad. Tomemos prestada una vieja frase, pues, para ver si podemos conjurar ese escepticismo y actuar unilateralmente: "aquéllos que nos odian no triunfarán a menos que nosotros los odiemos también".

Tomado del periódico Reforma


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