PORQUE LO DIGO YO

Jesús Silva-Herzog Márquez ®

La autoridad es la figura que manda sin discutir. Habla y está convencido de que su palabra es, en sí misma, fuente de una orden irrebatible. El médico prescribe la receta sin la necesidad de desarrollar con el paciente las razones que hacen de tal medicamento el remedio para la enfermedad. El Papa pontifica sin descender jamás a la plaza de la discusión. De ahí la semilla del autoritarismo: política que se impone sin ofrecer razones. La democracia, por el contrario, es política deliberativa. Concibe a los hombres como agentes libres, iguales y racionales que, desde sitios distintos, buscan construir un puente de consenso cimentado en la razón. Un régimen pluralista necesita, entonces, reglas que permitan la expresión de las ideas más diversas y actores que sostengan en la razón sus intereses y valores.

Vicente Fox ha querido presentar la marcha de los zapatistas como un desafío para nuestra joven democracia. Tal vez lo sea. Pero lo es justamente porque nos llama a la confrontación de un actor no democrático. El EZLN es un actor no democrático no solamente porque todavía defiende la legitimidad de la lucha armada sino por la manera en que razona. O, más bien, por su ausencia de razonamiento. No hace falta ver los uniformes militares o recordar que aún sostienen una declaración de guerra. Es suficiente escuchar sus comunicados, discursos, entrevistas para ratificar que en las palabras de los zapatistas sobrevive el impulso autoritario en ese movimiento político y en muchos de sus aduladores y defensores. Algunos podrán quedarse con el caramelo retórico del subcomandante Marcos. Podrán divertirse con la idea de que platica con Emiliano Zapata y le escribe cartas desde la ultratumba. Pero una lectura apenas cuidadosa de lo que dice el galán de la pipa lo retrata como un anacrónico personaje autoritario.

Idea del otro. Dice el zapatismo que busca un mundo en el que quepan muchos mundos. Hay quienes le creen. Ciertamente no es lo que dice su palabra. Los mundos que no son el suyo no tienen un sitio muy digno en su universo. Hay muchos testimonios de la intolerancia de los neozapatistas, pero quedémonos con lo más reciente de sus discursos. Escuchemos lo que dijo Marcos en Querétaro, adoptando el manual de la historia oficial, que retrata el pasado como el combate de héroes contra traidores. El fusilamiento de Maximiliano cumple en el discurso zapatista la misma función que ha tenido en el discurso priista: una amenaza de ejecución a quienes están históricamente equivocados. "Un gobierno conservador (como el del gobernador de Querétaro) fue el que fue derrotado por un ejército patriota, como el nuestro, y quienes terminaron fusilados en el Cerro de las Campanas fueron los conservadores (como él) y no los patriotas como nosotros". La historia fusila a los equivocados, moraliza Marcos. Los malos son ancestros de los malos: Fox debe ser bisnieto de Hernán Cortés y nosotros somos nietos de los todos los santos. Que teman el juicio de la historia les dice Marcos a sus adversarios. ¿Juicio de la historia? Pues sí: el subcomandante Marcos cree, como Fidel Castro, que la historia juzga: absuelve a los patriotas y condena a los traidores. Su historia es, pues, un mundo en el que cabe un solo mundo: el suyo. Nos vemos en el Cerro de las Campanas, dice el simpatiquísimo subcomandante y nosotros debemos reír gozosos.

Legitimidad de la violencia. En Guerrero el Ejército Zapatista se hermana a las otras guerrillas y reconoce una deuda con el ERPI, el EPR y las FARP. Gracias por su ayuda, estamos con ustedes. Porque nada ha cambiado en realidad, el expediente de la vía armada sigue abierto, dice el subcomandante Marcos. El argumento es el mismo argumento que sostienen los terroristas de ETA: la violencia originaria proviene del Estado y sus políticas, los rebeldes sólo se defienden. La guerrilla sigue teniendo justificación. Matar y morir para vivir. Por eso Marcos sigue acariciando la idea del sacrificio como la vía de la redención. Dice muy gracioso que vive en la víspera de su fusilamiento, da instrucciones a sus francotiradores y se confiesa en pleno uso de sus facultades suicidas. No hay que darle muchas vueltas a la ética revolucionaria: el deber de morir y el derecho a matar. La convicción democrática de los zapatistas tiene la profundidad de una hoja. Si estamos platicando es porque sirve mejor a nuestra causa. En el momento en que las condiciones muestren que nos convienen los tiros, cambiaremos de estrategia. Por lo pronto, el encantador y simpático líder del color de la tierra ya quiere decidir quién debe entrar y quién debe salir de las cárceles: los gobernantes, dijo también en Querétaro, deben ocupar los presidios. El romántico sueña en realidad con ser carcelero.

Idea de sí mismo. La ley propuesta por la Cocopa y hecha suya por el Presidente de la República, dijo en Cuautla, será la base "para poder reconstruir el campo mexicano". Muy bien, pero ¿cuál es la relación entre las reglas de la autonomía y el desarrollo agropecuario mexicano? ¿De qué manera contribuiría la iniciativa a la creación de oportunidades para los campesinos indígenas de México? De razones no hay ni un indicio en las sentenciosas palabras del profeta insurgente Marcos. Muchas puntadas, chistes, cuentos, amenazas, parábolas, insultos, remembranzas. Pero ni un argumento. Ni un argumento porque su discurso afirma el sujeto no la razón. Se exhibe a sí mismo como portador de una razón superior, de un derecho ancestral, una verdad profunda. "Somos el color de la tierra, cuerda somos en el arco de la historia. En veces relajada, somos la cuerda que se guarda y se aguarda, en veces tensa, somos la cuerda que habrá de proyectar la flecha que somos". Acepto que a algunos podrá gustar esta prosa llena de plagios. Pero, ¿es políticamente aceptable el planteamiento que encierra? No lo es: la identidad no es argumento. Que yo sea del color del zapote no me da ni me quita razón, que yo haya sido atropellado no me hace sabio ni tonto. Pero los hilos de los que cuelga el discurso de Marcos son esos dos: la identidad y el sufrimiento. No hablo yo, dice Marcos, habla el Ejército Zapatista, hablan los pobres, hablan los indígenas, hablan los 500 años. No escuchen mi argumento, vean el color de mi piel, recuerden sus ofensas, vean mi sufrimiento. Ahí está el autoritarismo de la voz zapatista. No ofrece razones, no argumenta, no percibe el deber de justificar ideas, acciones. Los zapatistas se refugian en el sufrimiento innegable y apelan a una culpa ancestral. Si preguntamos el porqué de sus acciones, nos contestarán como hacen todos los autoritarios: "porque lo digo yo". Yo que soy el color de la tierra.

Dicen los zapatistas que vinieron a México para convencer al Congreso para que apruebe la iniciativa de derechos indígenas preparada por la Cocopa. No he escuchado una sola razón de ello. Lo que se escucha es una voz autoritaria y la demanda de restaurar el Congreso obediente.

Tomado del periódico Reforma


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