TRABAS

Federico Reyes Heroles ®

 

Hace algunos años un amigo me hacía una dolorosa observación: los mexicanos somos prisioneros de la cultura del obstáculo, trabas les decimos popularmente. Nuestras reflexiones en aquel momento tomaron como piedra de toque la vialidad. Las distintas formas como los seres humanos se organizan para circular por el mundo son una clara expresión de su cultura. Se trata de una manifestación cotidiana de las diferentes cosmovisiones. En Europa, pero sobre todo en los Estados Unidos de Norteamérica, el objetivo es que la gente se mueva por las calles tanto como sea posible. Para lograrlo hay que allanar cualquier tipo de impedimento. Salvo indicación en contrario se puede dar vuelta a la derecha o a la izquierda. Se utiliza el menor número de semáforos posibles y éstos sólo están activados en las horas necesarias. La señal de ALTO, el famoso STOP, traslada la responsabilidad al ciudadano, quien es obligado a detenerse sólo el tiempo imprescindible para poder organizar entre sus conciudadanos el cruce. La marcha se reinicia tan pronto como se puede. El principio rector es la libertad de movimiento, movimiento de personas, de mercancías, de ideas, de acciones.

Los tréboles viales en esas naciones son quizá la mayor expresión ingenieril de la búsqueda de un movimiento continuo. Detener un flujo, el que sea, es atentar contra la vida misma que es movimiento perpetuo. Las excepcionales casetas de cobro en los puentes, por ejemplo, digieren rápidamente las monedas que son arrojadas para de inmediato permitir la marcha. Las nuevas tarjetas electrónicas de cobro que posibilitan continuar en movimiento al cruzar por una caseta de cobro, son otra manifestación más de esa búsqueda por no parar a los ciudadanos. La concepción de un movimiento libre para los seres humanos y para las mercancías lo abraza todo. Los trámites frente a las burocracias públicas, pero sobre todo privadas, son básicamente permisivos. Por supuesto que hay excepciones y absurdos, pero en lo general se cree en la gente y se le permite que actúe, que se mueva vamos. Si alguien osa detenerse en la vía pública sin motivo concreto, recibirá una estruendosa condena. Las expresiones ciudadanas y políticas pueden ser todo lo radicales que quieran, pero nadie tiene derecho a interrumpir la vida de otro. Un hecho así equivale a ser llevado a prisión indebidamente.

Por el contrario, en la cultura del obstáculo detener el flujo de la vida es visto como algo normal. Peor aún, en la cultura del obstáculo aprisionar al otro, detenerlo, es una expresión de poder. Es allí donde se torció la historia. Para comenzar el tiempo del otro no es valorado. La impuntualidad, por ejemplo, es una de las formas de mayor falta de respeto al otro: tu tiempo no vale, me puedes esperar. Pero el asunto está aún más podrido porque el pequeño poder y el gran poder interpretan la pérdida de tiempo del otro como un acto esencial del ejercicio del poder. La secretaria detrás de la ventanilla se regodea de su pequeño poder para pedir un documento más o simplemente dilatar un trámite. Los poderosos hacen esperar a todos los que se les atraviesan en la vida con el fin perverso de recordarles quién manda. Paralizar la vida del otro es una forma malévola de quitarle vida. Hacerlo perder el tiempo es hacerlo sufrir, pues como dijera Carlos Castillo, el tiempo es el único recurso no renovable. Quizá la manifestación más burda pero consistente de la cultura del obstáculo es el tope. Los topes pululan en México, es cierto, están allí porque los conductores no respetan los límites de velocidad. Es la forma más pragmática de obligar al conductor a contener su prisa. Pero también hay los topes "legales" frente a las escuelas y, sobre todo, los caprichosos, sin sentido, arbitrarios. Los hombres del poder acostumbran poner topes enfrente de sus casas: yo te detengo es el mensaje.

Se preguntará el lector y con toda razón qué tiene esto que ver con la vida política de nuestro país. Mucho me temo que la cultura del obstáculo ha sido, en buena medida, la responsable de la torpe marcha de muchos de los asuntos públicos. No nos vayamos muy lejos. Recuerdan ustedes cuando Ernesto Zedillo envió la iniciativa de reforma al sector eléctrico. Desde entonces se nos advirtió ya de la urgencia de permitir nuevas inversiones en el sector. En aquel momento el partido Acción Nacional estaba en la oposición y, básicamente por cálculos políticos, según me lo delató un senador de ese partido, decidieron no ir a la reforma. Por supuesto el tiempo sigue su incontenible marcha y, quién lo dijera, son ellos en el poder los urgidos por que una iniciativa muy similar se apruebe. Pero ahora resulta que los antes apremiados priistas, gobernados hoy por la cultura del obstáculo, quieren demostrar su poder deteniendo las cosas.

Lo mismo ocurre con el IVA. Fueron los priistas en el gobierno los que nos plantearon la necesidad de incrementarlo y generalizarlo. Nos narraron hasta el cansancio todas sus bondades. Las resistencias opositoras no tardaron en hacerse valer. Hoy los papeles se han invertido. El Presidente apremia con su reforma fiscal y los antiguos defensores de la medida piden tiempo para estudiarla. Después de la declaración priista del sábado, el periodo legislativo extraordinario se mira cada vez más lejos. Mientras tanto los señores del poder paladean el gozo de detener al otro. Entre los dimes y diretes de los señores legisladores se ha pasado un lustro. Se han agregado a la población nacional más de 6 millones de habitantes que, por supuesto, demandarán energía eléctrica y servicios públicos para los cuales el Estado no tiene recursos, todo por la debilidad de nuestro sistema fiscal. Detuvieron al PRI y al PAN sucesivamente pero no las crecientes necesidades del país.

Lo absurdo de la cultura del obstáculo es que perjudica a los propios protagonistas. Si empieza a haber recortes o apagones los ciudadanos reclamarán a los gobernantes en turno que fueron los que se opusieron hace algunos años. ¿Quién ganó con detener las cosas? Si el PRI ha decidido que va a ejercer su poder deteniendo a Fox en las múltiples reformas de fondo que están pendientes -reforma hacendaria, electricidad, reforma laboral, etcétera- mal van a ir las cosas. Es hora de denunciar a todo aquel que se opone al movimiento. Bienvenida la discusión y las propuestas pero no la parálisis. Con actitudes así en el fondo desprecian la vida misma de los mexicanos. México tiene una agenda muy cargada. Si continuamos perdiendo el tiempo y el ritmo los problemas se van a agigantar. No se vale caer en expresiones tan burdas e inútiles del poder. Los mexicanos nos merecemos más respeto.

Tomado del Periódico Reforma


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