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PROBLEMAS DEL

GOBIERNO MOTIVACIONAL

Jesús Silva Herzog Márquez ®

 

Ha terminado la luna de miel. Concluyó ese periodo en que los defectos son enterrados por las ilusiones, en que la cercanía del pacto de fidelidad esconde cualquier disgusto. Durante meses, Vicente Fox estuvo cubierto de una cera de popularidad que lo protegía de sus propios tropiezos. Sus resbalones eran gestos simpáticos que mostraban naturalidad y frescura. Hasta sus coqueteos con el ridículo eran graciosas expresiones de su sencillo encanto. ¡Qué alivianado es Fox que imita a Ponchito! Los críticos aparecían como unos amargados impacientes, cuando no como abominables cómplices del pasado. Apoyar a Vicente Fox era una especie de deber patriótico. Las cosas han cambiado velozmente en los últimos días. Fox empieza a acumular decepciones y a reclutar adversarios en todos los frentes.

El desgaste es natural. Toda luna de miel se acaba. El héroe de la alternancia se disuelve como recuerdo. Lo que vemos todos los días es el cuerpo de un gobernante ordinario que hace las cosas ordinarias de un gobierno ordinario: inaugura congresos, felicita deportistas, defiende propuestas impopulares, se desespera ante la inconformidad, cae en arranques de intolerancia, se contradice, se repite. Empieza a aburrir como aburre todo gobernante ordinario. Pero los problemas del nuevo gobierno son, quizá, un poco más profundos. No radican en el desgaste natural de la responsabilidad, sino que nacen de la frívola concepción de la política que tiene nuestro Presidente. Una superficialidad que empieza a mostrar sus grietas y sus costos.

Marcos todavía es mi amigo. Eso dijo el presidente Fox hace unos días. Sí. Después de recibir mil insultos de su amigocho durante la marcha zapatista, después de escuchar las ofensas de Marcos tras la aprobación de la reforma constitucional, Vicente Fox seguía presumiendo que tenía un gran amigo en la Selva de Chiapas. No es una anécdota de banqueta, su obsesión por caerle bien a Marcos hizo al jefe del Estado mexicano aparecer la semana pasada como aliado de la guerrilla y enemigo del Congreso. Después de escuchar la virulenta reacción de los zapatistas, Vicente Fox volvió a guiñarle el ojo a su gran amigo. Nosotros estamos contigo que eres el color de la tierra, le dijo el presidente a Marcos con la voz de su vocera y su representante en cuestiones indígenas desde la casa oficial del Ejecutivo. Tampoco nos gusta la reforma que aprobó el Congreso de la Unión. No estamos con esos legisladores que solamente tienen la legitimidad de los votos y la representación constitucional de la nación. Esto es en verdad grave: el jefe del Estado mexicano no salió a la defensa de las instituciones democráticas sino en velada defensa de una organización militar.

Ahí se expresa el drama de tener un Presidente que cree que la solución del problema de Chiapas es caerle bien a un guerrillero. Ahí se expresa el drama de tener un Presidente que cree que la política es el perpetuo despliegue de la simpatía. Si don Vicente Fox declaró que apostaba su capital político al acuerdo de Paz, habría que concluir que tenemos un Presidente políticamente quebrado. Si don Vicente Fox dijo que se jugaba su Presidencia a la solución del conflicto con los zapatistas, ¿habría que pedirle amablemente su renuncia? Mejor deberíamos pedirle que empiece a cuidar sus palabras. Porque tienen consecuencias.

Entre caerle bien al guerrillero que lo desprecia y respaldar al Poder Legislativo mexicano que recibió una encomienda democrática, Fox optó por coquetear nuevamente con Marcos, su amigo entrañable. La elección no es solamente criticable por exhibir la ligereza de las convicciones institucionales de nuestro Presidente, sino porque muestra una grave torpeza estratégica. Con el Congreso y, en específico, con los partidos que votaron la reforma, tendrá que gobernar Vicente Fox durante los seis años de su gobierno. Volver constructivo ese diálogo tenso entre Ejecutivo y Legislativo es el abc de la práctica democrática, pero es algo que pasa por alto el Presidente que pretendía aplastar a sus antagonistas con la aplanadora de su popularidad.

El de Fox ha sido un gobierno motivacional. La política como un espacio que promueve el optimismo y la confianza colectiva y que alienta al resto de los actores políticos a hacer lo suyo. Ese estilo de gobierno enfrenta una crisis. El porrista está resultando muy mal tejedor. Deja los acuerdos en el aire, ofende a sus aliados, menosprecia a sus críticos, desatiende a los legisladores mientras graba sus videoclips. No está teniendo éxito para traducir el respaldo popular en respaldo político; no está siendo capaz de transferir su legitimidad en eficacia, su simpatía en resultados. Es temprano, por supuesto. Pero ya hay signos de que la cuerda de la conducción presidencial es frágil. Fue incapaz de conseguir el apoyo de sus aliados en la iniciativa más visible del arranque de su gobierno. Unánimemente, los panistas resolvieron dar un durísimo golpe a su Presidente. El Ejecutivo soltó los hilos y recibió la afrenta pública de sus aliados. Fox confió, como su amigo de la selva, en el impacto irrebatible del espectáculo y se echó a dormir. La paz se había logrado porque los zapatistas conmovieron a la nación desde el Congreso. México ya no tenía problemas de guerrilla declaró, como siempre, demasiado pronto. No conozco los datos de sondeos recientes sobre el desempeño del presidente Fox. Supongo que sus respaldos siguen siendo amplios y sólidos. Pero la popularidad del Presidente es, en todo caso, una popularidad solitaria. Solitaria porque no ha logrado conformar una coalición política sólida. Porque su voz es una voz que no encuentra el respaldo coordinado de un equipo gobernante. Porque sus adversarios se organizan mientras él sigue rezando a los dioses de la mercadotecnia.

Popularidad solitaria. ¿Quién defiende la reforma fiscal? Fox y sólo Fox. El encargado de su diseño, el secretario de Hacienda, no aparece en ningún sitio para dar la batalla de las razones. ¿Dónde está el proyectista de la reforma? Fox está solo, en la primera línea de combate, cubriendo a sus colaboradores, no siendo defendido por ellos. Fox se ve obligado a salir una y otra vez en defensa de sus secretarios y a dar explicaciones por ellos. El ministro Fulano no hizo nada mal; el secretario Mengano tiene mi respaldo; el comisionado Zutano actuó correctamente. Cada vez parece más claro que Fox enfrenta la rivalidad de tres partidos políticos, empezando por el suyo. En los dos temas cruciales para Fox (la cuestión indígena y la reforma hacendaria), Fox y el PAN no han sido un equipo. Fox logró armar una coalición electoral triunfante pero ha sido incapaz de confeccionar una coalición gobernante eficaz.

Lo único que nos consuela es que el subcomandante Marcos sigue siendo buen amigo de Vicente Fox.

Tomado del Periódico Reforma.


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