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LA IDEA CONTITUCIONAL DEL

DISCURSO FOXISTA

J. Ricardo Vudoyra Nieto ®

Con el discurso pronunciado en Palacio Nacional durante la ceremonia que conmemoró el LXXXIV Aniversario de la Promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, Vicente Fox dejó claro el profundo carácter gatopardista de su gobierno. Invocando las virtudes de la Constitución de 1917 como el punto de llegada de un proyecto de nación y de consolidación de una era política que, por cierto, según él ha llegado a su fin con la alternancia en el Ejecutivo federal, Fox propone discutir la revisión integral del texto constitucional, lo cual no cuadra del todo con la visión radical de cambio con que fuimos bombardeados durante la campaña previa al dos de julio.

            A continuación pretendo analizar la totalidad del discurso que Fox diera en la fecha citada, y mostrar las carencias teóricas que padece.

            El discurso de Fox parte de un supuesto muy discutible. “¡Cada Constitución ha señalado el principio de un nuevo ciclo histórico!” nos dice alegremente –¿acaso de manera ingenua?–  el Presidente como si hubiera encontrado el hilo negro en el interior de algún texto de Mario de la Cueva. La historia de México queda reducida a un devenir ascendente en donde todo tiene su lugar cual eslabón de una larga cadena que desemboca en la “asunción” de Vicente Fox al poder. Morelos nos dictó ese camino en Apatzingán, la Constitución de 1824 consiguió el sistema republicano y federal; 1857 el Estado laico, y, casi finalmente, la Constitución de 1917 las reivindicaciones sociales.

            Para Mario de la Cueva “la Constitución de 5 de febrero de 1917 es la culminación de un drama histórico”[1], pero Fox lleva esto más allá. Es verdad que así fue, pero Mario de la Cueva no vivió para ver la alternancia en el poder, por ello el dos de julio marca el nuevo parteaguas de –rememorando a Don Justo Sierra– la “evolución política del pueblo mexicano”, cada momento cúspide de la historia nacional amerita una nueva Constitución. Esto fue para Fox, ipso facto, evidente incluso desde su campaña política donde, según él, ya planteaba la necesidad de una reforma integral del texto constitucional.

            Fox explica que “el mandato popular el 2 de julio fue claro: queremos un México diferente (...) no sólo un cambio en el grupo, en el poder”. Sin embargo, me parece que un discurso como el que dicta Fox el 5 de febrero, lo que consigue es precisamente una trivialización de la alternancia (que no de la transición) e incluso del resto de la historia mexicana, haciendo de ella un mero reducto de cambio del grupo en el poder. La intención sigue siendo la misma: toda la historia nacional es el arduo camino que culmina con el presidente en turno, independientemente del partido político al que pertenezca rememorando así aquella Ciudad de Dios de San Agustín en vías de construirse. Decía Edmund Burke que “en los antiguos preceptos y conducta de la sociedad (...) no hay nada que merezca mi censura”[2], y pareciera que así lo cree Fox, asumiendo el presente como consolidación del proceso histórico que le precedió, el pasado se vuelve de este modo un depósito de sabiduría infinita[3] del cual no se puede renegar, porque de hacerse se reniega, en igual medida, del presente. Es así como Fox reitera que no se propone “abolir a la historia, sino proseguirla”, lo cual es cierto, la historia según vista por Mario de la Cueva queda intocada, la historia de los muertos.

            Por otra parte, Fox “propone” que cualquier modificación al texto constitucional esté guiada por el legado esencial de la constitución actual, cito: “la no reelección del Ejecutivo, el sistema representativo, la división de Poderes, el régimen federal, la libertad municipal, nuestra soberanía, el carácter laico del Estado, el compromiso con la justicia social, la educación laica y gratuita, el respeto a la diversidad cultural y la defensa de los derechos individuales y sociales”, es decir, todo lo importante. Entonces, ¿para qué reconstruirla? ¿para acotarla a esos puntos, acaso? No, para Fox simplemente hay que cambiarla, ¿por qué? Eso ni él mismo lo sabe. El mejor argumento expuesto es “cambiemos de raíz sin arrancar las raíces”, lo cual para el Presidente no significa un eufemismo gatopardista, sino más bien un deber patriótico indispensable, sólo condicionado por la consigna de “no olvidar lo mucho que debemos transformar”, aunque claro, Fox no dice en que consiste ese mucho.

            Por supuesto, después de esa frase genial que hace referencia a las “raíces” constitucionales uno siente que ya no entiende absolutamente nada. Sin embargo, Fox intenta explicarse un poco más. Veamos algunos ejemplos, Fox nos dice que “es necesario sustituir la lógica tecnocrática que dejó todo al mercado”, Fox no deja claras cuales son sus propuestas de reformas constitucionales, así que creo no ser demasiado osado al suponer que esta es una de ellas. Quizá garantizar en un artículo que no puede llegar a la cabeza del poder Ejecutivo algún egresado de Harvard, Yale o Princeton es lo que tiene en mente. O quizá, esas “combinaciones institucionales que eviten la concentración del poder”, de las que habla posteriormente en el discurso. ¡Eso es!, quizá ahí sí encontró el hilo negro, aunque ¿qué no está contemplado eso en “la división de Poderes” que mencionó en su larga lista de raíces que deben ser cambiadas sin ser arrancadas? Me retracto, sigo sin entender nada. Aunque aquí hay algo que quizá nos ilumine el panorama: “otorgar la más alta prioridad a la integración de una patria latinoamericana”, ¡claro!, podría ser conocido como el artículo Simón Bolívar. Parece que a Fox se le ha olvidado lo que decía Thomas Paine respecto a que la Constitución debe ser tal que “los miembros del Gobierno sacaran de su bolsillo la Constitución impresa y leyeran el capítulo que tuviera relación con la materia que se debatía”[4]. No, según el discurso foxista debemos hacerla más grande, más sublime, más sagrada que la Biblia, debe poder abarcar cada rincón del quehacer político nacional; es más, Fox todavía tiene una última frase genial que hacer al respecto: “se que hay planteamientos de reformas mayores a las que hoy estoy señalando en estas reflexiones”, pero desde mi punto de vista ya hubiera sido el colmo hablar de garantizar el derecho al “vocho” y al “changarro” de cada “chiquillo” y “chiquilla”, ya tenemos suficiente con la vivienda “digna y decorosa” de la que habla el artículo cuarto Constitucional. Derecho bonito aspiracionalmente, pero imposible de garantizar. ¿Acaso se sabe de algún amparo exitoso en la materia?

            En fin, Fox habla de cambiar la dirección del orden constitucional, pero lo hace del mismo modo en que se ha hecho siempre. Finalmente el mayor argumento que tiene Fox sobre la imperiosidad de revisar profundamente el texto constitucional es el mismo que tuvieron los constituyentes de 1917: el exceso de reformas padecidas por la Constitución entonces vigente. Cada presidente ha querido dejar su huella en la Carta Magna, pero Fox, nuevamente yendo más allá, quiere dejar su huella con una Carta Magna. Quizá se parece demasiado a los Presidentes del PRI.

 

Notas:

[1] Mario de la Cueva: La Constitución Política, p. 360. (México, Fondo de Cultura Económica)

[2] Edmund Burke: Textos políticos, p. 44. (México, Fondo de Cultura Económica, 1996)

[3] No quiero trivializar el pensamiento burkiano con esta afirmación. La de Burke es una feroz crítica en contra del espíritu revolucionario francés de la época que lo reconstruye todo, y aunque conservador, el espíritu reformista de Burke es notable.

[4] Thomas Paine: Los derechos del hombre, p. 174. (México, Fondo de Cultura Económica, 1986).

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