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ASCESIS DE UN SUEÑO

Nicolas Marini ®

En su pieza de monasterio pensó en los encandilados candelabros que en el ghetto auguraban el sábado. Las vigilias de una vida estaban  consumadas. Era la hora de los sueños.

El bravo hombre habia confrontado al ferrares en fraternal batalla. Cansado del ejercicio belico, salió a comerciar las especias con los puertos de Oriente. Vencido luego en las ejecuciones onerosas aprovechó para enseñarse el hebreo y el árabe. Solo frente a los astros, habia repensado el tiempo. Volcó sus enumeraciones en venexiano decimoquíntico pero lo sintió poco
dotado para las especulaciones metafísicas. A su definitiva vuelta a la Republica de Venecia trabó relacion con Daniel Bomberg, quien lo condujo en la filosofía rabínica. Los franciscanos le dieron el sustento. A modo de gratitud callaba su insatisfacción teológica con los monjes a los que en pocos instantes contentaría con la atrición y la confesión, a la que
asignaría inciertos pecados.

En el matrimonio sufrió las felicidades y las desdichas que prefirió no legar a sus escualidos escritos. Fue la turbulencia espiritual, fomentada por el enamoramiento no correspondido, la que dio pie a su magnifica obra. No dejó más descendencia que la certeza de ser otro en epoca diversa. Emprendio contradicciones filosóficas que no declamó gráficamente. Gozaba al
comprobar especulaciones erróneas a pesar de que avergonzaban su sentido de las cosas. Deploró no haber sido todos los hombres, se lamentó por las líneas que  desconocería, por los dogmas y arquetipos de los cuales no sabría.

Incurrió en los que él no llamaria inteligencia artificial. No esquematizó un sistema mediante el cual todas las inferencias humanas pudieran ser codificadas y activadas entre si. Probó en cambio un extenso procedimiento en el cual todos los días del mundo fueran descritos con relación a esa logica en el cual cada una de esas descripciones pudiera ser reciclada en
belle literature.

Recordó que no había penetrado el terreno de la demencia. Le bastó ser infeliz a ratos y permitirse romper con esa infelicidad cuando lo bañaba la elegancia (" perdonatime se io son prosumptuoso", solía decir a sus amigos con falsa modestia ) puesta al servicio del arte.  Aconsejaba ser egolatra ya que los que carecían de Yo no eran ni siquiera un  minuto de la historia de la Tierra.

Logró, sin éxito, idear un idioma que él mismo desconociera; quiso ser el mismo en otra época en la cual el no existiera. Disfrutaba con las refutaciones más que con los verificares, pero fue incapaz de ocurrírsele que todo ese lúdico divagar sería codificado científicamente con algún suceso siglos después. Se incontentó con escribir versos notables en latín medieval. Resignose empero, a que su epistema fuera fusionada en el universo de todos los pensamientos humanos.

Próximo a su fin, lo atormentaba la idea de ser descubierto en épocas futuras. La horrenda responsabilidad de ser calle, plaza o ciudad. Aguradaba con paciente espera el momento de ser la nada, el todo u otro. Muertes vecinas le aseguraban que el acto que se disponía a realizar carecía de mayor importancia. Apenas lo hubiera magnificado el suicidio, ya impensable, ya tardío. Sereno ese íntimo penar con la  felicidad de sus últimos deseos: heredar todas las letras mundanas, los mayors, el olvido.

A la primera estrella de uan noche veneciana de 1523, alguien muriendo, no sabiéndolo, soño que era Borges.


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